Autonomía digital y tecnológica

Código e ideas para una internet distribuida

Linkoteca. economía colaborativa


“El principal problema que le veo al activismo basado en el consumo (no compro de esto, no voy a esta tienda) es que tiende a ser individual. Puede haber un boicot colectivo, pero siempre depende de la responsabilidad de cada cual. El activismo en la producción tiende, en cambio, a ser colectivo. Como en los sindicatos laborales o, en cierto modo, en los sindicatos de inquilinos. De hecho, creo que tiene más sentido ir a la base del problema: las relaciones de producción y de propiedad. Ambas formas de activismo son combinables, pero la del consumo crítico tiende a reflejar dinámicas de mercado: compro o dejo de comprar por preferencias individuales”. De hecho, él mismo reconoce usar Amazon: “Lo uso porque tienen una oferta que no encuentro en otro lugar, como libros descatalogados a buen precio porque no puedo encontrarlo en librería afín o cercana. Y porque es cómodo, para qué vamos a negarlo”.

El principio básico de la economía colaborativa es que el recurso que se consuma sea un bien temporalmente en desuso. Lo que se observa (Gil, 2018) en la mayoría de las plataformas es que los recursos que se introducen en el mercado no cumplen la función de ser bienes ociosos tratándose más de bienes de inversión que se han adquirido con el fin de que el bien produzca valor.

el tipo de actividades a las que se hace referencia con el concepto de economía colaborativa poco tienen que ver con relaciones de colaboración.

Uno de los filósofos contrarios a este tipo de prácticas es Byung-Chul Han (2014) que afirma que la economía del compartir conduce en última instancia a la comercialización total de la vida. Y subraya la importancia del dinero: “quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing”. Para este pensador surcoreano, “también en la economía basada en la colaboración predomina la lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello compartir nadie da nada voluntariamente”.

¿Cuántos de ustedes poseen una taladradora? Rachel Botsman, la autora del libro The Rise of Collaborative Consumption, preguntó a la audiencia en TedxSydney en 2010. Previsiblemente casi todos levantaron la mano. “Ese taladro eléctrico se usará entre 12 y 15 minutos en toda su vida”, continuó Botsman con burlona exasperación. “Es un poco ridículo, ¿no?” Porque lo que necesitas es el agujero, no la taladradora.

Four months ago we launched Liberapay, a recurrent donations platform whose primary goal is to help fund the development of free software. In this post we explore why that’s difficult, and the solutions we’re proposing for the two steps of the process: getting the money, and distributing it.

Many projects have trouble with the fundraising itself.

A big reason is that there are psychological barriers on both sides (the open source projects on one hand, and their users on the other).

In the eyes of many people donations are not a valid business model. To some of them it even feels like begging. Our answer to that is simple: seeking donations isn’t asking for charity, it’s more like allowing the customer to choose the price of the service. It’s pay what you want, and there’s nothing wrong with it, in some ways it’s even better than other pricing schemes.

We’ve also identified another hurdle: information circulates badly in the open source community, especially when it comes to money. There’s no social network you can use that will keep you updated on which projects need funding. To address this issue we’re trying to build communities, to bring people together and keep them informed through newsletters (those aren’t operational yet).

So you’ve found people to support your work, great, now what? Any sizeable project has multiple contributors, and determining who should get how much is a big challenge.

To solve it we’ve come up with an innovative way to distribute donations to contributors: a team system that allows members of a project to share income, without having to set up a legal entity, and without creating resentment.

The basic principle is very simple: each member decides every week how much of the team’s income they take! We call that “take-what-you-want” remuneration. There is no hierarchy, not even an owner with special powers. The amounts are public, so everyone can see how much each team member is taking.

Peer-to-peer markets, collectively known as the sharing economy, have emerged as alternative suppliers of goods and services traditionally provided by long-established industries. We explore the economic impact of the sharing economy on incumbent firms by studying the case of Airbnb, a prominent platform for short-term accommodations. We analyze Airbnb’s entry into the state of Texas, and quantify its impact on the Texas hotel industry over the subsequent decade. We estimate that in Austin, where Airbnb supply is highest, the causal impact on hotel revenue is in the 8-10% range; moreover, the impact is non-uniform, with lower-priced hotels and those hotels not catering to business travelers being the most affected. The impact manifests itself primarily through less aggressive hotel room pricing, an impact that benefits all consumers, not just participants in the sharing economy. The price response is especially pronounced during periods of peak demand, such as SXSW, and is due to a differentiating feature of peer-to-peer platforms — enabling instantaneous supply to scale to meet demand.

Seguimos pensando, además, que el único ingreso legítimo puede venir del empleo. Pero ya hoy, un 20% de la sociedad vive de renta. Y otro 20% vive de servicios sociales, incluidos los niños, con sus necesidades. Los empleos que se crearán mayoritariamente no se corresponderán con la modalidad del contrato a tiempo completo y de por vida, el equivalente a la familia tradicional de papá y mamá con dos niños como dos soles. No estoy diciendo que no se genere ninguno. Tal vez en el futuro el 40% del mercado laboral corresponda a esa tipología, pero ya no será el modelo. Me encantaría que nuestros políticos hicieran una reflexión más allá, que dijeran: “Vamos a garantizar ingresos para todo el mundo y además, reconoceremos la contribución de cada ciudadano a la sociedad”.

Existen ya hoy universidades que conceden créditos a estudiantes que mejoran los contenidos de Wikipedia en el aspecto médico. Porque la mayoría de la gente, antes de ir al médico, consulta Wikipedia sobre numerosas dolencias. Así que el valor para la comunidad médica de que los contenidos de lo que la gente encuentre allí sean de calidad es muy elevado. ¿Por qué no se podría retribuir a los ciudadanos que ayudan a mejorar nuestras infraestructuras ciudadanas? Los poderes públicos tienen, si quieren, capacidad de anticipación. Pueden apoyar a los ciudadanos ayudándolos a tener infraestructuras civiles. Un año de Wikipedia cuesta 40 millones de euros. Salvar a los bancos, mucho más que 40.000 millones. Financiaríamos un montón de wikipedias. Las infraestructuras ciudadanas son más baratas que las estaciones inútiles de trenes de alta velocidad.

Ya conocemos los límites del producto interior bruto (PIB). Acompañamos a nuestra madre a alguna parte, y el PIB aguanta plano. Pero contratas a alguien para que lo haga, y el PIB sube. ¿Qué estamos midiendo? Pueden ponerse en marcha líneas nuevas mientras existen las viejas.

Empecemos a escribir una nueva constitución. Una constitución de nueva generación. Hay nuevos derechos fundamentales que no están recogidos: la propiedad de los datos, el derecho a la producción de energía, el derecho a la privacidad, el derecho a conocer cómo están programados los algoritmos que determinan la propia vida.

¿Hasta qué punto la tecnología ayuda a transformar una ciudad?
Si en una ciudad inventamos un proceso y lo documentamos en un vídeo, éste puede servir para otros lugares. Igual puede ayudar a ahorrar la inversión de diez días de formación. Es una ventaja. El tiempo de la tecnología puede acortarse. En cambio, el tiempo social no te lo ahorra nadie. El tiempo para la transformación de una plaza o de un barrio es un tiempo social, tarda lo que se tarde en hacer esa mayonesa. Exige acción local.

proyecto abierto que busca desarrollar el prototipo de una verdadera economía colaborativa. Se trata de generar un procomún digital que pueda replicarse en cualquier territorio. Si se consigue formar una red global de redes locales conectadas el resultado será un ecosistema de plataformas colaborativas ciudadanas capaces de hacer frente al oligopolio de las grandes plataformas corporativas.

Del acogedor sofá en casa ajena vía Couchsurfing, con una importante base relacional y de comunidad internacionalista en red, se da el salto al mayor operador de alojamiento temporal distribuido que es Airbnb, que logra poner en jaque al sistema hotelero tradicional (del mismo modo que en su momento Napster hizo tambalearse y redefinirse al mercado musical), a la vez que se convierte en punta de lanza de procesos de turistización y gentrificación desregularizados.

Las tecnologías que sustentan las relaciones e intercambios deben ser libres. Para ello, sacando el mayor partido a los avances tecnológicos, necesitamos alcanzar un mayor grado de soberanía en el entorno digital y entre otras cosas, llegar a adoptar la programación como un nuevo lenguaje; pero primero, ser más conscientes de la información que generamos y compartimos, de los permisos que damos, y entender que “si algo es gratis, es porque tu eres el producto”.