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Unos cuantos meses antes los productores habían salido con la sinopsis del film bajo el brazo en busca de un protagonista entre las grandes estrellas, pero tras proponérselo a Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, Harrison Ford, Richard Gere, Clint Eastwood, Burt Reynolds, Robert De Niro o Don Johnson el estudio solo obtuvo negativas y calabazas variadas. Finalmente, el papel acabó en manos de un Bruce Willis famoso por coprotagonizar junto a Cybill Shepherd la exitosa serie Luz de luna. Se trataba de un fichaje inesperado, Willis no tenía tablas como héroe de acción y era conocido en medio mundo por un papel cómico, con un contrato que también resultó inusual por ser extremadamente costoso: el actor se embolsó cinco millones de dólares de golpe.

El protagonista ya no era un tanque con patas que se abalanza sobre ejército enemigo a pecho descubierto, sino la persona que se encontraba en el lugar equivocado durante el momento equivocado. El papel de Willis resulta cercano porque el espectador se identifica con él: McClane nunca ha pedido ser el héroe, recibe hostias continuamente, se arrastra a través de la historia hecho mierda y se pasa la mayor parte del metraje cagándose en todo, desde la música que lleva su chofer hasta la talla de zapato de uno de los sicarios despachados. Era difícil no sentirse reflejado en su figura.