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Tabla comparativa entre los episodios VIII y IX de Star Wars

…aca-fans de Star Wars (fans que juegan a ser académicos o académicos que no se avergüenzan de ser fans, como bien ha defendido en numerosas ocasiones Henry Jenkins)

…una parte de los fans provocaron una guerra cultural contra “Los últimos Jedi” y además de defenestrar la película, consiguieron que Kelly Marie Tran (la actriz que interpreta a Rose Tico) abandonara las redes sociales tras recibir miles de insultos por su físico, su raza y por su papel en Star Wars. Resulta complicado no ver el cambio en el rol de su personaje como resultado de este proceso y por tanto como una victoria del ‘lado oscuro de los fans’.

Star Wars nunca ha sido obviamente un simple mito popular: especialmente tras la compra de Disney de los derechos y con la llegada de Internet, no hacer nada que pudiera poner en riesgo la mitología original para así poder preservar el imaginario que es representado en parques temáticos, series u otras películas, videojuegos o cómics y rentabilizar al máximo (económicamente) todo ese universo de ficción parecía algo que Abrams ‘declaraba’ indirectamente con “El despertar de la Fuerza”.

La fuerza no está peligro, el Imperio está en disputa. Disney es la dueña de la inmensa mayoría de la atención audiovisual del planeta, pero no es capaz de disciplinar y dirigir esa atención, necesita las singularidades que existen en la misma para seguir reproduciendo sus beneficiosos mundos de ficción.

Star Wars no ha terminado porque hoy en día y por más que se esfuercen, la industria no es capaz de poseer en su totalidad las historias. Las historias son complejos universos habitados por personas diversas, por variados intereses y disputas culturales. A nosotros, desde nuestro humilde lugar de aca-fans, nos gusta pensar que Star Wars aún puede ser otra cosa. Que puede ser más una república de fans que un imperio.

Unos cuantos meses antes los productores habían salido con la sinopsis del film bajo el brazo en busca de un protagonista entre las grandes estrellas, pero tras proponérselo a Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone, Harrison Ford, Richard Gere, Clint Eastwood, Burt Reynolds, Robert De Niro o Don Johnson el estudio solo obtuvo negativas y calabazas variadas. Finalmente, el papel acabó en manos de un Bruce Willis famoso por coprotagonizar junto a Cybill Shepherd la exitosa serie Luz de luna. Se trataba de un fichaje inesperado, Willis no tenía tablas como héroe de acción y era conocido en medio mundo por un papel cómico, con un contrato que también resultó inusual por ser extremadamente costoso: el actor se embolsó cinco millones de dólares de golpe.

El protagonista ya no era un tanque con patas que se abalanza sobre ejército enemigo a pecho descubierto, sino la persona que se encontraba en el lugar equivocado durante el momento equivocado. El papel de Willis resulta cercano porque el espectador se identifica con él: McClane nunca ha pedido ser el héroe, recibe hostias continuamente, se arrastra a través de la historia hecho mierda y se pasa la mayor parte del metraje cagándose en todo, desde la música que lleva su chofer hasta la talla de zapato de uno de los sicarios despachados. Era difícil no sentirse reflejado en su figura.