Autonomía digital y tecnológica

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Linkoteca. Medialab Prado


Durante la segunda mitad del siglo XX, la productividad agrícola se multiplicó por 3-4 y las cosechas, por 6. Las claves para conseguirlo fueron la mecanización, la utilización masiva de insumos de síntesis (fertilizantes y pesticidas que provienen fundamentalmente de combustibles fósiles y de la minería), el incremento del regadío y de la extensión agraria, y el desarrollo de variedades híbridas (semillas seleccionadas homogéneas y muy productivas gracias al uso de pesticidas y abonos), todo lo cual requirió de explotaciones en monocultivo cada vez mayores. Es decir, la alimentación agro-ganadero-silvo-industrial (que vamos a resumir en agroindustrial) es petrodependiente.

Hasta entonces, la agricultura se había adaptado a las condiciones del suelo, clima y plagas de cada zona. Para esto, se optaba por diversificar las semillas y los cultivos (el policultivo). Pero la energía fósil en forma de abonos, pesticidas y maquinaria permitió homogeneizar las condiciones ecosistémicas de distintos lugares pudiendo usarse las mismas variedades híbridas en territorios muy distintos. Además, las consecuencias de la uniformidad (agotamiento del suelo, vulnerabilidad ante plagas) se pudieron esquivar temporalmente usando más derivados del petróleo.

El actual sistema alimentario también quebrará fruto de que la producción de las cosechas es probable que descienda como consecuencia de un conjunto de factores interrelacionados y claves en el sostén de los agrosistemas. Por un lado, el cambio climático disminuirá la productividad vegetal en las zonas intertropicales y en muchas del resto del planeta. Una disminución que ya está comenzando. Entre los factores que influirán en esta disminución estará la menor disponibilidad de agua dulce: el cambio climático causará que muchos acuíferos se salinicen por el aumento del nivel del mar, que se pierdan las reservas de agua helada de los glaciares y, en determinadas regiones, desciendan las precipitaciones y aumente la evaporación. Todo ello con mayores dificultades para acceder a la desalación o al bombeo de agua de grandes profundidades en un contexto de agotamiento general de los acuíferos. Al cambio climático y al agotamiento del agua se añaden la disminución de la fertilidad de la tierra fruto de la sobreexplotación. También la incapacidad de mantener una fertilización mineral como hasta ahora, ya que recursos estratégicos como el fósforo también están dando muestras de agotamiento.

“Esta es la mejor época de la historia de la humanidad para ser un buscador del conocimiento”, dice David Weinberger. Sin embargo, advierte que, “también es la mejor época de la historia de la humanidad para ser un idiota”. En su charla sobre Conocimiento y democracia, Weinberger observa las maneras en las que Internet ha cambiado cómo accedemos al conocimiento y cómo ha transformado su estructura. El conocimiento tenía en el papel su principal medio: fijado, inmutable y desconectado de la misma manera que un libro está separado de los demás. “Ahora el conocimiento se ha convertido en una red”, dice, y ha tomado las propiedades de la red: “es inclusivo, hiperconectado, suelto, nunca fijado y siempre sujeto a discusión”. Estas fortalezas y debilidades llevan consigo una nueva capacidad del conocimiento para crecer hasta límites insospechados. Por otro lado, Weinberguer señala que el conocimiento se enfrenta también a retos terribles, a las “cámaras de eco” en las que personas que piensan de manera similar hablan sin enfrentarse a puntos de vista opuestos,. Estas cámaras de eco surgen, en su opinión, no sólo por las debilidades humanas, sino por la naturaleza de la conversación y la compresión de sí mismas. Esto significa que no hay soluciones fáciles a la forma en la que la Red está fracturando el discurso. Será necesaria la educación y la voluntad de escuchar las voces de los más vulnerables.