Autonomía digital y tecnológica

Código e ideas para una internet distribuida

Linkoteca. David Weinberger


Los hilos son simples: las cadenas de respuestas están identificadas para mostrar a qué comentario o sub-comentario están respondiendo. Sin embargo, son una manera importante y reciente para que podamos dar sentido juntos a nuestro mundo. Permiten que la conversación divague sin penalización (solo pasa al siguiente comentario al mismo nivel) y permite que una conversación asíncrona se ordene a sí misma como si fuera un tiempo real de ida y vuelta. Los hilos son impresionantes.

Ni siquiera he mencionado los enlaces. Cambian cómo nos movemos a través de la información. Nos permiten colaborar entrelazando ideas tan informalmente o estrictamente cómo queramos. Nos permiten llevar el trabajo de otras personas a nuestro ámbito sin tener que reclamar ningún derecho sobre ellos. Crean una red de ideas que es propiedad de todos y de nadie. Entonces, digamos que los enlaces son una cuarta contribución a cómo conocemos. Cuando se trata de aquello a lo que prestamos atención, Internet es como un par de zapatos nuevos: inevitablemente nos enfocamos en lo que nos causa dolor. Eso es bueno, al menos cuando se trata de Internet, ya que los problemas son graves. Pero también debemos recordar los efectos positivos de incluso los elementos más simples de la Red sobre cómo aprendemos y sabemos. Debemos tener en cuenta que también están construidos sobre la arquitectura básica de la red, ya que diseñamos soluciones para los problemas reales que enfrentamos.

“Esta es la mejor época de la historia de la humanidad para ser un buscador del conocimiento”, dice David Weinberger. Sin embargo, advierte que, “también es la mejor época de la historia de la humanidad para ser un idiota”. En su charla sobre Conocimiento y democracia, Weinberger observa las maneras en las que Internet ha cambiado cómo accedemos al conocimiento y cómo ha transformado su estructura. El conocimiento tenía en el papel su principal medio: fijado, inmutable y desconectado de la misma manera que un libro está separado de los demás. “Ahora el conocimiento se ha convertido en una red”, dice, y ha tomado las propiedades de la red: “es inclusivo, hiperconectado, suelto, nunca fijado y siempre sujeto a discusión”. Estas fortalezas y debilidades llevan consigo una nueva capacidad del conocimiento para crecer hasta límites insospechados. Por otro lado, Weinberguer señala que el conocimiento se enfrenta también a retos terribles, a las “cámaras de eco” en las que personas que piensan de manera similar hablan sin enfrentarse a puntos de vista opuestos,. Estas cámaras de eco surgen, en su opinión, no sólo por las debilidades humanas, sino por la naturaleza de la conversación y la compresión de sí mismas. Esto significa que no hay soluciones fáciles a la forma en la que la Red está fracturando el discurso. Será necesaria la educación y la voluntad de escuchar las voces de los más vulnerables.

The Web, on the other hand, breaks the traditional publishing model. The old model is about control: a team works on a document, is responsible for its content and format, and releases it to the public when it’s been certified as done. Once it’s published, no one can change it except the original publisher. The Web ditches that model, with all its advantages as well as its drawbacks, and says instead, “You have something to say? Say it. You want to respond to something that’s been said? Say it and link to it. You think something is interesting? Link to it from your home page. And you never have to ask anyone’s permission.” Then it adds: “And how long will it take to do this? I dunno. How fast do you type?” By removing the central control points, the Web enabled a self-organizing, self-stimulated growth of contents and links on a scale the world has literally never before experienced.

The result is a loose federation of documents — many small pieces loosely joined. But in what has turned out to be simply the first cultural artifact and institution the Web has subtly subverted, the interior structure of documents has changed, not just the way they are connected to one another. The Web has blown documents apart. It treats tightly bound volumes like a collection of ideas — none longer than can fit on a single screen — that the reader can consult in the order she or he wants, regardless of the author’s intentions. It makes links beyond the document’s covers an integral part of every document. What once was literally a tightly-bound entity has been ripped into pieces and thrown into the air.

What the Web has done to documents it is doing to just about every institution it touches.