Autonomía digital y tecnológica

Código e ideas para una internet distribuida

Linkoteca. Marina Garcés


Estamos en tiempos de reacción. No sabemos hacia dónde vamos pero hay que estar dando respuestas y soluciones inmediatas todo el tiempo.

El acceso a la información ha ido acompañado de una producción deliberada de confusión. Es una nueva forma de ignorancia, un analfabetismo ilustrado…

¿Qué espacios tenemos hoy para el encuentro con lo desconocido, con lo imprevisto, con lo extraño, con lo que nos puede inquietar, sorprender o transformar?

Las fake news son otra cosa: las consumimos sin que nos importe saber si son o no verdad. Lo que ofrecen como producto mediático es otra cosa: una sensación temporal de seguridad en la incertidumbre.

La confianza no puede ser ciega. Es una relación con lo que no sabemos. Confiar no es desentenderse de las consecuencias de lo que hacemos o de lo que pasa, sino todo lo contrario. Actualmente, ante los miedos que se han apoderado del futuro, renace esa vieja idea de que algo nos salvará, en este caso la tecnología.

La vulnerabilidad y la interdependencia ya estaban, cada día, como realidad cotidiana para la mayoría. ¿Qué nos impedía verlas y pensarnos desde ellas?

La sociabilidad confinada no es ninguna novedad. Lo que lo es, es su dimensión global y generalizada y el hecho de que afecte aquellos que normalmente tenemos más derecho y acceso a la movilidad.

… es muy importante que cuidemos el ambiente general en que estamos viviendo esta experiencia, las representaciones que damos, los imaginarios que saldrán del hecho de haber sido confinados.

Ante esta crisis de los futuros compartidos, es fácil que cada uno se proteja tras sus privilegios y perciba a los demás como una amenaza.

Si a cambio de una geolocalización, o de un QR o de los datos que sean nos dejan volver a salir de casa, ¿quién no estaría dispuesto a ceder esos datos? La libertad de movimientos, aunque sea de movimientos vigilados, está en nuestra percepción más valorada que muchas otras libertades.

¿Se imaginan un gobierno que registre cómo hemos cruzado la calle o si hemos pagado con retraso una factura, para restarnos puntos del carné ciudadano gracias al cual accedemos a servicios básicos? ¿O trabajar en una empresa que pueda despedirnos de modo fulminante, porque un algoritmo ha detectado que vamos demasiado al baño y eso resta productividad? ¿Qué? ¿Otra periodista recurriendo al tópico de 1984, Un mundo feliz o Black Mirror? No. Lo primero ya sucede en China y lo segundo, en los almacenes de Amazon.

Como desgrana la matemática Cathy O’Neil en Armas de destrucción matemática (recién publicado por Capitán Swing), muchos bancos, aseguradoras y auditoras «usan algoritmos canallas» para engullir billetes y éxito empresarial, sin reparar en los daños colaterales humanos. «El problema es que los beneficios acaban actuando como un valor sustitutivo de la verdad y afectan a las personas en momentos cruciales de la vida», escribe O’Neil.

Porque, ¿de quién es la responsabilidad en caso de que el algoritmo del vehículo autómata tenga que elegir a quién salvar (y a quién no) en un accidente fortuito?

llama Marina Garcés a la emancipación frente a la servidumbre y la delegación tecnológicas. «Lo que podemos hacer, siempre, es autoorganizarnos. No sólo en el ámbito digital, sino en todos. Una sociedad incapaz de tomar decisiones en colectivo está expuesta a cualquier forma de dominación, aunque cada individuo viva en la ficción de creerse libre».

Las ‘Humanidades ZERO’ son aquellas que, debido a la banalización del ocio cultural, endulzan un poco la vida pero ni alimentan ni transforman nada.

El tiempo de trabajo se funde con el tiempo de consumo y de ocio, en mundos que producen valor capitalista constantemente, como las redes sociales.

Eso es lo realmente relevante, el poder convertir nuestras herramientas culturales en herramientas de vida y de transformación.

Estamos en un proyecto de vida para generar el siguiente y el siguiente y el siguiente. Vivimos como en una especie de fuga sin fin que muchas veces lo que hace es que perdamos el sentido de lo que estamos haciendo.

una especie de autorreferencialidad muy engañosa que en el mundo de la política ya está teniendo resultados: uno tiende a pensar que el resto piensan como él y el disenso se convierte en un escándalo o en una agresión personal. Una fuente de enemistad radical. Mientras que en el mundo de los activismos o de la creación artística facilita la creación de burbujas que se miran a sí mismas y se autocomplacen.

No sabemos cómo convertir nuestros saberes en procesos de emancipación y de transformación colectiva.