Autonomía digital y tecnológica

Código e ideas para una internet distribuida

¿Qué es hackear?

Imago voragine.net

Este texto fue escrito por paaq, allá por 2008 cuando decidimos condensar nuestros cacharreos en un proyecto que llamamos Obsoletos, y que montamos con nuestros amigos de Basurama. Además de ser el texto fundacional de Obsoletos, sigue explicando a la perfección lo que nos movía, y nos mueve, a cacharrear. Y en definitiva explica más ampliamente lo que es hackear.

Lo publico aquí porque el blog de Obsoletos un tiempo caído, y ahora que no lo está, algunos contenidos, entre ellos este texto «¿Qué es hackear?», no están disponibles.

Ayer por la noche me vi en el brete de explicarle a mi madre en qué consiste todo esto de Obsoletos. No es difícil hacer que la gente comprenda que reutilizamos basura informática para hacer otras cosas, al fin y al cabo la buena mujer me ha visto agujerearle el router con un punzón cuando se calentaba demasiado, montar ordenadores para algún pariente con las piezas de los ordenadores de los demás parientes y usar ventiladores de CPU con un par de pilas en la playa. Sabe que me gusta poner las manos en las tripas de los aparatos. Pero hay algo más.

De la misma manera que mi madre se apuntó a clases de pintura y colgó sus creaciones en el salón, de la misma manera que mi madre adapta las recetas de Arguiñano para suplir la falta de éste u otro ingrediente, nosotros adaptamos y reutilizamos piezas de ordenadores. Mi madre se siente realizada con su comida (para lo cual tiene sobrado motivo) y aunque ella no se lo suela plantear, lo que hace constantemente es demostrar que conoce lo suficiente las reglas como para salirse de ellas: usar champán para cocinar en lugar de vino blanco (dando así salida al excedente navideño), echar un poquito de chorizo colorado cuando falta el pimiento dulce… Mamá, estás hecha una hacker de los fogones.

Vivimos entre sistemas

Cuando una persona comienza a utilizar un aparato nuevo para ella, su objetivo es aprender a usarlo. Utilizar un martillo tiene bastante que ver con el peso de la cabeza metálica y el mango con el tamaño adecuado para ser agarrado. Tenemos una idea muy clara de cómo funciona un martillo. En un teléfono, sin embargo, lo que hacemos nosotros no tiene nada que ver con el funcionamiento del aparato. El usuario de un teléfono (y me refiero a un teléfono fijo sin teclas raras) quiere hablar con una persona. Sabe que esa persona está cerca de otro teléfono que tiene un código asociado, el número de teléfono. Descolgar, marcar el número, y acercar el aparato a la cara; ésa sería la secuencia de uso de un teléfono. Desde el punto de vista ingenieril, lo que sucede mientras tanto tiene que ver con un montón de relés, centralitas electromecánicas, cableados kilométricos, corrientes eléctricas, altavoces, micrófonos, tornillos, postes, etc. Todo ello es invisible al usuario.

De la misma manera que para hacer una llamada telefónica es necesario un sistema previo que involucra personas, empresas, instalaciones y dinero, para que un coche funcione es necesario que lo hagan unas 90.000 piezas. Para que salga agua de un grifo es necesaria una red de suministro y alcantarillado, y para que funcione un ordenador es necesario el perfecto ballet de millones de componentes, la mayor parte de los cuales no son más que microscópicos interruptores que dejan pasar, o no, la corriente eléctrica. Prácticamente todo lo que tocamos a lo largo del día es parte de un sistema complejo, o un sistema en sí mismo. Los semáforos, el café en el bar (considerando como sistema la distribución de un producto que crece en Colombia y acaba en una infusión en Europa), el metro o autobús, internet, la máquina de tabaco, la liga de fútbol, el periódico. Casi nada de lo que disfrutemos a lo largo del día será gracias a una sola persona o cosa.

Toda esta complicación no parece afectar negativamente a la gente. Mi abuela, que nació antes de que existiera la televisión, está encantada con la TDT, y mi abuelo lee el periódico por internet. De hecho, utiliza el ordenador y su conexión a internet tan sólo para leer un periódico cada mañana. Ni mis abuelos ni la mayoría de la gente se preocupan por el funcionamiento de las cosas, sino por su resultado. Es perfectamente comprensible, no es su problema, ellos ya han pagado. Y aquí es donde publicamos la versión resumidísima del manifiesto hacker: nosotros sí queremos saber cómo funcionan las cosas. Y una vez que se sabe cómo funcionan las cosas, lo habitual es ver que podrían funcionar un poco mejor.

¿Para qué? Curiosidad, creatividad y ventajas prácticas

El primero de los motivos del hacker para serlo es consustancial al ser humano, es aquello que nos hace estudiar el espectro de las estrellas, hacer chocar átomos a altísimas velocidades o llevar al hombre a la Luna: la curiosidad. Como especie, el homo sapiens es puñeteramente curioso, cosa que al parecer le viene de familia. Los grandes primates somos criaturas intrigadas y hacemos uso de las manos para experimentar con cualquier cosa que nos dejen cerca. Hace unos dos millones de años nuestros antepasados empezaron a tallar piedras con formas que les permitían cortar carne y madera; es posible que empezaran a tallarlas tras haber agarrado, golpeado y frotado miles de piedras, por miles de individuos, a lo largo de miles de años. Más tarde aprendimos a controlar, mantener y usar el fuego, del cual huyen casi todos los animales. Aprendimos a criar caracoles, robar miel y matar elefantes cien veces más grandes que nosotros mediante trampas. Somos bichos traviesos, inteligentes y pragmáticos. Gracias a ello, sobrevivimos.

El segundo de los motivos del hacker viene determinado por el tipo de vida que llevamos: vivimos en ciudades, comemos y compramos en franquicias multinacionales, y todo lo que disfrutamos ha sido diseñado por alguien. Por otra parte, la publicidad se hace eco de esa alienación postindustrial y nos exhorta a diferenciarnos ¿Cómo? Comprando ese producto en concreto. Es un truco viejo y malo, pero hay un tipo llamado Steve Jobs que vive bastante bien de ello. Abundaremos en este tema en el futuro, pero que quede claro: el hacking es creativo por definición. Modificar los sistemas a nuestro alrededor nos conforta, nos proporciona un mayor control sobre ellos, y nos diferencia de los demás.

Por último, es obvio que conocer y modificar el comportamiento de un sistema puede proporcionar ventajas prácticas. Los hackers suelen renegar de este aspecto, tachando de crackers y cosas peores a aquellos que se introducen en el sistema informático de una empresa y se llevan información valiosa. Pero no creo que sea razonable pensar que todo esto se hace por amor al arte, los asaltantes informáticos son hackers, por supuesto: hackers cometiendo un delito. Hace algún tiempo, en nuestros primeros años universitarios, llamábamos gratis desde una cabina que habíamos hackeado con la impagable colaboración de las recién liberadas empresas de telecomunicaciones españolas, qué recuerdos… El tema es que no es necesario traspasar la raya de la legalidad para obtener ventajas: agujerear la carcasa de un router que se calienta demasiado nos proporciona una mayor vida útil del aparato, cortar las mangas de una camisa vieja nos proporciona un chaleco ligero, usar un televisor viejo como pecera nos permite ahorrar el coste de una pecera, emitir menos residuos y fardar lo que no está escrito.

Un mundo de hacks

Así pues, dado que vivimos rodeados e inmersos en sistemas de todo tipo, dado que la curiosidad, la creatividad y la búsqueda de ventajas son universales, ¿no debería estar el fenómeno hacking presente en todo momento y lugar? Veamos:

  • Mi madre hackea los pantalones subiéndoles las perneras.
  • Las familias cubanas con ingresos en dinero negro hackean la burocracia para poder acceder a teléfonos móviles (a los cuales no podrían acceder legalmente, porque para el estado no tienen ese dinero) poniéndolos a nombre de conocidos.
  • Un jugador de fútbol hackea un partido cuando simula una falta al borde del área.
  • Las grandes constructoras e inmobiliarias pretenden hackear el sistema económico español cuando piden ayudas públicas para sus milmillonarias deudas.
  • Un hombre se lesiona un tobillo levemente y, en vez de pedir cita, va a urgencias, hackeando el sistema sanitario.
  • Una joven en paro introduce pequeñas falsedades en su currículum para hackear el sistema de selección laboral de una empresa.
  • Cuando una pequeña pieza de la cadena del water de nuestra casa se rompe, y no tenemos ganas ni dinero para llamar a un fontanero, un alambre convenientemente doblado nos permite seguir usándolo.
  • Un mecánico instala un alerón en el coche de un cliente y amigo: no correrá más, pero mola.
  • Modificamos genéticamente unas cuantas especies de mamíferos para que den mucha más leche de la que necesitarían para alimentar a sus crías.
  • Fernando Ferrín, juez en Murcia, hackea el sistema de adopciones para impedir que una pareja homosexual adopte a una niña, por motivos religiosos.
  • Una docena de fanáticos religiosos hackea el sistema de transportes estadounidense para estrellar varios aviones llenos de gente contra edificios emblemáticos.
  • Un diseñador web llamado Román Cortés dibuja a Homer Simpson con elementos CSS.

En efecto, ampliando la definición* como hemos hecho, el hacking nos rodea. No pretendo hacer creer que sea la base de nuestra sociedad actual (argumento que he leído en tratados de cocina, apicultura, fabricación de cerveza, pintura, escultura y juro que una revista de toros) pero sin duda es un fenómeno tan interesante como importante. Mientras vivamos en sociedad, mientras vivamos en un universo con reglas establecidas, siempre habrá hackers. Y habitualmente serán personas de interesante conversación, elegante porte, y capaces de cascarse un rollo como éste. Buenas noches.

*Como siempre, dejando lo importante para el final: el hacking es la modificación experimental de sistemas por motivos creativos o para obtener ventajas.

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