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Un centro social es una institución anómala. Funciona de acuerdo con lógicas a las que no estamos acostumbrados. La vida de un centro social viene regulada por los propios participantes en el mismo, sin mediación de la administración y tampoco de empresas comerciales. La responsabilidad es colectiva, la actividad es colectiva, la administración es colectiva.

Su éxito radicaba en que no hacía falta más que interés e iniciativa para usar estos espacios.

Sólo en la región de Madrid existen unos 60 espacios de este tipo.

En España hay más de 600 centros sociales.

En muchas ciudades alemanas e italianas los centros sociales son realidades tan corrientes que las instituciones los han acabado por reconocer, los han dejado de molestar.

Pocas ciudades han sido tan inteligentes, en este sentido, como la ciudad de Nápoles. Allí, la alcaldía, a instancias de la mayor parte de los movimientos sociales de la ciudad, ha establecido un estatuto particular para los centros sociales. Los espacios napolitanos han sido declarados comunes urbanos. Esto quiere decir, sencillamente, que el ayuntamiento los considera entidades legítimas; y a su vez entidades que no son de su competencia.

Un centro social es así un comunal urbano, un espacio sobre el que una parte de la ciudadanía decide tomar posesión, gestionarlo directamente y generar una riqueza que ni el mercado ni ninguna burocracia serían capaces jamás de producir.