Autonomía digital y tecnológica

Código e ideas para una internet distribuida

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La metáfora es evidente: el tráfico procedente de Google o de una red social nunca fue propiedad del editor. Era tan solo audiencia prestada, sometida a unas reglas ajenas, a unos algoritmos opacos y a unas decisiones tomadas por empresas cuyos intereses podían cambiar en cualquier momento, como finalmente ha ocurrido. A pesar de eso, muchos medios, comercios y creadores se dedicaron a contabilizarlo como si fuese de alguna manera un activo propio: contrataron equipos, prometieron audiencias a los anunciantes, calcularon y capitalizaron flujos de ingresos futuros y diseñaron toda una estrategia alrededor de fuentes de visitas que podían desaparecer con una simple actualización del algoritmo.

En mi página, la caída apenas se ha notado. En parte, porque el tráfico procedente de buscadores nunca fue especialmente importante; en parte, porque no tengo publicidad y, por tanto, una visita más o menos no altera mi modelo económico, y sobre todo, porque escribo para aprender, preparar mis clases, ordenar ideas y conversar con quienes deciden volver habitualmente. Como ya expliqué recientemente en «La web sin visitas«, mi situación es claramente privilegiada: no necesito convertir cada lector en una impresión publicitaria ni adaptar cada título a los caprichos de ningún algoritmo. Frente a los idiotas que no han entendido nada y que se pasan por aquí para acusarme de escribir mediante inteligencia artificial porque lo dice «nosequé prueba diabólica», la realidad: no escribo con inteligencia artificial porque no me hace falta, no «necesito» generar un artículo al día para nada económicamente rentable. Lo necesito para aprender, y si me escribe el artículo un chatbot, no aprendo nada.

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