Autonomía digital y tecnológica

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un estudio realizado en Facebook detectó que, de los 10 artículos más compartidos en esta red, 7 de ellos eran engañosos o contenían alguna información falsa. Además, en 2016, más de la mitad de los 20 artículos más compartidos con «cáncer» en sus titulares fueron desacreditados por médicos y autoridades sanitarias.

Los bulos más predominantes a los que se enfrentaban los médicos tenían que ver con las pseudoterapias, la alimentación, el cáncer y efectos secundarios de medicamentos. Sin embargo, la variedad de la desinformación sanitaria que se transmite por Internet es enorme: pollos a los que les administran hormonas para que crezcan, desodorantes y antitranspirantes que provocan cáncer de mama, un hospital que afirma que la quimioterapia es «la gran equivocación médica», el limón como cura del cáncer, plátanos infectados de SIDA…

La información sanitaria errónea siempre ha estado presente en las sociedades humanas, no es algo nuevo. No obstante, las nuevas tecnologías han cambiado las reglas del juego, por así decirlo. Los bulos de salud se expanden como nunca antes por las redes sociales gracias a su capacidad para llegar a miles o millones de personas en minutos u horas. Estas redes son amplificadores bestiales de la desinformación porque la desinformación suele presentarse de forma atractiva para el internauta. Los bulos más populares tienen contenidos claros, impactantes, llamativos o atractivos. También cuidan mucho la presentación y suelen ser muy visuales. Su rasgo más poderoso es despertar emociones en la audiencia, ya sea miedo, esperanza, sorpresa, curiosidad, indignación… Se sabe que las noticias se difunden mucho más cuando éstas despiertan reacciones emocionales porque nos sentimos más involucrados.

Además de las redes sociales, los buscadores de Internet son otro factor con un gran papel en la difusión de bulos de salud. Los grandes buscadores funcionan de forma automática basándose en unos algoritmos que determinan la posición de las páginas web en los resultados. No hay profesionales activos que filtren las informaciones sanitarias falsas o erróneas, sino que esto queda en manos de las «máquinas». Esto permite la visibilidad y difusión de ciertos contenidos en Internet que no llegarían muy lejos si existieran humanos vigilando.