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Bajo el amparo de las grandes familias de la aristocracia askenazí, el Primer Congreso Sionista (1897) acordó la necesidad de “establecer para el pueblo judío un hogar seguro pública y jurídicamente en Palestina”. La maquinaria se puso en marcha.

En este contexto en 1901 y 1908 se fundaron el Fondo Nacional Judío y la Agencia Judía, organismos que recibieron en donación los lotes comprados por la aristocracia askenazí y que a partir de este momento actuaron como coordinadores del esfuerzo colonizador.

Así, los judíos comenzaron a dispersarse por las franjas fértiles y no montañosas de la región al tiempo que multiplicaban su presencia: de los 15.011 ya mencionados en 1878 a los 83.790 que aparecen en el censo británico de 1922 y los 174.610 censados en 1931.

La tensión explotó por primera vez de forma masiva en 1936. Ante las cesiones continuas de la administración colonial al movimiento sionista, los palestinos convocaron una huelga general que fue duramente reprimida.

Mientras, la llegada masiva de judíos alemanes, a pesar de ser ilegalizada, se disparó: según estima la propia Agencia Judía, en el periodo 1934-1948, en torno a 115.000 judíos llegaron a las costas de Palestina.

La confirmación definitiva llegó con la aprobación de la Resolución 181 de la Asamblea General de Naciones Unidad, en la que se exponía un plan de partición que actualizaba una vez más los territorios del Estado judío y del árabe según los últimos avances de las colonizaciones en el desierto del Negev. Aquello resultó ser el detonante que necesitaban las organizaciones sionistas para proclamar unilateralmente su Estado. Después, el Desastre.

¿Cómo nos sentiríamos si de la noche a la mañana, todos los ingleses que viven en nuestra costa proclamasen un Estado propio esgrimiendo los títulos de propiedad de sus casas?