Prohibición de redes para menores de 16 años: mala enfermedad, peor remedio
Es cierto que la ansiedad y la depresión juveniles diagnosticadas aumentaron más o menos al mismo tiempo que se generalizó el uso de las redes, entre 2010 y 2015. Pero en esos años ocurrieron otras cosas, como que la crisis económica empujó a muchas familias a situaciones agobiantes de precariedad, y que en EEUU (país donde se originan muchos de estos estudios) empezaron a hacer revisiones de salud mental a toda la población adolescente.
Resulta difícil asimilar que Sánchez afirme “defender nuestra soberanía digital contra cualquier tipo de coerción extranjera” mientras su Gobierno no ha sido capaz de dejar de usar X como medio principal de difusión rápida, o de abrir cuentas oficiales en una alternativa europea (y libre, y descentralizada) como Mastodon. Resulta difícil creer que dejar de depender de grandes tecnológicas estadounidenses sea una prioridad cuando las instituciones públicas españolas siguen regando con miles de millones cada año a Google, Microsoft y Amazon para contratar su infraestructura digital. Y resulta sintomático que en el paquete de medidas para salvarnos de las redes sociales corporativas no haya ninguna destinada a que tengamos espacio digital público donde refugiarnos.
Si realmente queremos apoyar el bienestar joven, antes de prohibir las redes sociales, podríamos, por ejemplo, prohibir los desahucios, la pobreza infantil y la cisheteronormatividad.